lunes, 28 de marzo de 2011

28 de septiembre: Derecho al aborto. Sigue siendo necesario un paso más

  La amnesia es un mal que con la globalización se ha extendido como plaga. Y es tan grave, que permite aceptar sin resistencias mentiras tales como que el 8 de marzo se conmemora tras el incendio de una fábrica llamada Cotton , o peor aún que lo instituyó la Organización Naciones Unidas. Y no. Nada de lo que tenemos las mujeres en esta macroestructura patriarcal nos fue regalado. Cada logro es producto de una conciencia sostenida, rebelde, osada, dispuesta a no conformarse con lo existente, y a cuestionarlo todo. Y el aprendizaje de la historia nos dice que cuando el poder nos concede algo, es porque ya sabe cómo vaciarlo de contenido, y si no, tiene un aceitado aparato de represión para silenciarlo o ridiculizarlo.

  Después del feminicidio que significó la quema de brujas en la Europa de los siglos XIII, XIV y XV, las grupalidades de mujeres quedaron absolutamente desintegradas y controladas por el dominio patriarcal, so pena de ser acusadas de hechiceras, y por fin relegadas a la individualidad. El registro de nuestra historia y la producción intelectual de mujeres quedó reducida a casos aislados en algunos conventos y autoras solitarias cuyas obras apenas son conocidas, si es que lograron sobrevivir.
 
  Llevó un par de siglos volver a construir la complicidad entre mujeres para salir otra vez al espacio público. A mediados del siglo XIX, en EEUU, Lucrecia Mott una ministra quakera que luchaba contra la esclavitud, se presentó en 1840 como delegada junto con otras mujeres, en la Convención Mundial Antiesclavista en Londres, Inglaterra, pero se les negó, a ella y a sus compañeras el acceso “por ser mujeres”. Estas mujeres que hicieron propia la lucha por la libertad de los esclavos, se encontraron con que ellas mismas no eran libres. 

Desde entonces trabajaron tenazmente por defender sus propios derechos como mujeres: lucharon por acceder a la educación media y superior, dejar de ser muertas civiles dependientes del padre, el marido o los hijos, y por el sufragio. En 1848, desde este núcleo surgió la organización para la primera Convención por los Derechos de las Mujeres en Seneca Falls, Nueva York, de donde nos queda la Declaración de Sentimientos.

  En el resto de América, si embargo los procesos fueron diferentes. En otros países ya existían declaraciones como las emanadas de la Asamblea del año XIII (1813) en las Provincias Unidas del Río de la Plata que dictaba la libertad de vientres por la cual las personas nacidas de esclavos eran libres, se libraba a los indígenas de pagar tributo y se prohibía el tráfico de esclavos afrodescendientes, al menos en las leyes. Respecto a la abolición de la esclavitud, otras naciones tomaron el ejemplo a partir de lo sucedido en el Río de la Plata. Así, en la Asamblea de Chuquisaca, actual Bolivia, celebrada el 6 de agosto de 1825, el Alto Perú se independizó de España y decretó la abolición de la esclavitud. Más al norte, en Venezuela se decreta la abolición de la esclavitud hasta 1854. Brasil, bajo el imperio portugués, es el último país de América en sancionar la libertad de vientres, siendo la Princesa Isabel regente del Brasil quien hasta el 28 de Septiembre de 1888 promulgó la Ley de Libertad de vientres. Sin embargo, aunque existieron mujeres librepensadoras y escritoras, no sería sino hasta fines del siglo que se conformarían las primeras agrupaciones feministas.

Para no olvidar cómo llegamos al 28 de Septiembre,
Día de Lucha por la despenalización del aborto en América Latina

  En 1990, antes de que la lógica de la política de arriba hacia abajo permeara al movimiento feminista con la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres en Beijín, antes de las "agendas", antes que las artesanas fueran “microemprendedoras” y las lesbianas fueran parte del gran conglomerado de la “diversidad sexual”, y finalmente, antes que las discusiones en torno al aborto se encuadraran dentro de los “derechos reproductivos”, se realizó en San Bernardo el 5º Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

  Siguiendo la línea de encuentros iniciados en Bogotá, Colombia en 1981 , en ese 5º encuentro surgió una autoconvocatoria a un “Taller de aborto”. Según cuentan las compañeras que fueron protagonistas, con los contratiempos propios de “autoconvocarse” en medio de un encuentro de 3000 mujeres en una zona costera y turística de una pequeña ciudad bonaerense, a este taller llegaron alrededor de 200 mujeres de todo el continente. De este taller salió la Declaración de San Bernardo, en la que se da un primer paso para articular las luchas por la despenalización del aborto en el continente. A propuesta de las compañeras brasileras, se instituye el 28 de Septiembre como Día por el Derecho al Aborto en América Latina y el Caribe, por ser este el día que la princesa Isabel firmara la libertad de vientres en el último país del continente donde aún era legal el tráfico y la esclavitud de personas. De algún modo, resignificando la “libertad de vientres”.

  Tendríamos mucho que decir aún sobre el tráfico de personas, y en particular el de niñas y mujeres hoy en pleno siglo XXI, donde los mismos Estados que suscribieron Beijin, El Cairo, Belem Do Pará y demás Conferencias y Convenciones Mundiales tendientes, dicen, a mejorar la calidad de vida de las mujeres, pero son los mismos que niegan los feminicidios, la desaparición forzada de mujeres para tráfico sexual y de órganos , la venta de bebés, las violaciones sistemáticas de mujeres por parte del ejército y fuerzas de seguridad, las redes policíacas de padrotes y rufianes, y, por supuesto, que niegan la práctica de abortos de manera clandestina como un problema de salud pública en lo inmediato, y en el fondo como la válvula de escape a una sexualidad limitada por los mandatos, la culpa, la ignorancia, el tabú, el sometimiento, la heterosexualidad obligatoria y la pornografía. Estas atrocidades se niegan incluso en países con presidentas o candidatas a presidentas mujeres, como Chile y Argentina.

 Hablar de aborto es apenas la punta del iceberg de la macrocultura, y acota su debate a una dicotómica disputa de argumentos con la derecha desquiciada nos limita la riqueza y potencialidad que abonaría mucho más en nosotras, las mujeres, si pudiéramos llegar a hablar íntimamente de lo que nos pasa. Hablar por ejemplo de nuestro cuerpo, de nuestra sexualidad, a poder cuestionar el coito, la reproductividad y la heterosexualidad obligatoria como únicas sexualidades posibles, o ser capaces de tocar a la sagrada familia nuclear de mamá y papá, pensando otras formas de crianzas posibles, más humanas y menos propietarias, más comunales y menos individualistas.

  Abrirnos el debate nos permitiría dar un paso más allá de la ley, para no quedar sujetas al juego de la democracia electoral, dependiendo de quienes ocupen cargos para hacer efectivos nuestros derechos. Podríamos por ejemplo, rescatar los métodos abortivos con plantas medicinales que desde siempre hemos usado las mujeres en todo el mundo, pero no desde la angustia de “probar” desesperadamente opciones murmuradas en secreto, sino con pleno conocimiento sistematizado de herbolaria, de acupuntura, y aún, sabiendo que hoy contamos con diagnósticos para precisar fechas, evaluar riesgos dando seguimiento a las terapias aplicadas, sin descartar un legrado de ser necesario. Esto no quita, al mismo tiempo, seguir luchando por una salud pública que garantice un aborto en condiciones de asepsia y respetuoso para nosotras.

  Hacer efectivo nuestro derecho, sin culpas y sin pedir permiso, como hacían las mujeres de conocimiento juzgadas “brujas” por el poder inquisidor.

  Al igual que el 25 de Noviembre, acordado como un día de lucha, el origen del 28 de Septiembre, más allá de las agendas que nos imponen desde el poder de los Estados, los organismos internacionales y algunas financiadoras, hemos sido capaces de instituirlo, nosotras, como brujas, desde el círculo.

Pero no alcanza: sigue siendo necesario un paso más.

Miriam Djeordjian
México, DF, 27/9/07

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